Experiencia Humana

"A aquellas personas que ocasionan sufrimiento y daño debemos darle más amor, debemos tener la capacidad para amar, amar y amar, no para juzgar."

biografiA

Elien Ortega nació en Ciudad Bolívar, Venezuela en 1980. 

Su sangre procede de diferentes etnias tanto de la indígena como de la hindú, desciende de chamanes y sanadores naturales. Antes de los 4 años empieza a manifestar sus capacidades psíquicas y espirituales. Recuerda haber visto siempre el “color” alrededor de todas las personas, animales y cosas.

Ver el color le permite visualizar el estado de ánimo, y emociones de los demás; ya desde niña podía entrar y buscar información de cada ser, su estado físico, emociones, vidas pasadas, pensamientos…

También visualiza entidades o energías de otras frecuencias, en este y otros planos. Contacta con los elementales del agua, tierra, viento, fuego…

Con temprana edad comienza a desdoblarse y a realizar viajes astrales a muchos y variados lugares, donde recorre todo el entramado de información y conocimientos de muchas áreas, tanto a nivel universal como de la tierra. 

A los 9 años se muda a Barrancas  a una pequeña aldea, en el campo, donde su contacto con la Naturaleza es total y vive una serie de experiencias que le permiten asentar todo su conocimiento, pero sobre todo aprende a amar, y agradecer cada instante de su existencia. 

 

El ORIGEN

“Una casa no es un hogar, un hogar cobija más que una casa”

Esta compresión la tuve a los 9 años.

Ha esa edad llegó una familia a casa y escuché cómo le comunicaban a mi madre que la casa donde vivíamos había sido comprada.

Fueron cuatro días de mudanza dedicados a empaquetar todo aquello que íbamos a llevar con nosotros. Había que dejar cosas atrás por falta de tiempo para preparar y de espacio donde poder colocarlas, ya que en realidad no sabíamos a dónde ir. En ese momento no nos dio tiempo a pararnos a pensar qué estaba ocurriendo, lo único que sabíamos era que debíamos abandonar la casa en la que habíamos crecido. 

Así conocí el desapego. 

Sólo tenía nueve años, pero lo que me transmitieron los ojos de mi madre produciría, para siempre, un profundo cambio en mi interior.

Mi madre, mis tres hermanos y yo, estuvimos viajando durante cuatro horas en la parte delantera de un camión de carga de la construcción junto al conductor que nos llevó, a través de unas carreteras donde el asfalto no alcanzaba a cubrir las vías y el calor resultaba agobiante, hasta la calle La Puente de la Avenida Negro Primero; un lugar perteneciente a un pueblo muy humilde que yo recordaba independientemente de no haber estado nunca en él.

Allí, una señora que conocía a mi abuela paterna nos dio cobijo en una habitación de cinco metros cuadrados, en la que comenzaríamos a vivir mi madre y los cuatro hermanos. Tuvimos que abandonar la mayor parte de los muebles con los que llegamos, no había lugar para las cosas materiales.

Cocinábamos en un fogón de leña y recogíamos el agua de un agujero que había en el suelo del patio de la casa. Cada día era una experiencia única. No fue fácil, sin embargo, gracias a ello comprendí que para tener un hogar no hacía falta una casa. 

Nuestra vida había cambiado de forma drástica en menos de una semana. Era el año 1989 y yo hasta ese momento vivía la vida de una niña de nueve años, la segunda de cuatro hermanos, que se dedicaba principalmente a estudiar. A partir de entonces, mi madre tuvo que salir a ganar el pan de cada día y yo tuve que ocuparme de los quehaceres de la casa. Todo me parecía un sueño. No entendía quién era ni de qué se trataba todo aquello. Ese cambio tan importante en mi vida, lo entiendo como el final de una especie de certeza ingenua, como el modo en el que dejé atrás mi infancia y empecé a generar los valores con los que crear un hogar en el interior, un espacio vital para habitar en él en cualquier circunstancia de la vida.

Desde ese momento empecé a vivir de una manera muy distinta. Me integré con las raíces de la tierra y creció la fe, la perseverancia y la aceptación dentro de mí. Encontré en la incertidumbre la fuerza de la constancia y la voluntad, y con el tiempo llegué a estar convencida de que el hogar se lleva en el interior. A través de esa mudanza recibí mucho más de lo que supuestamente había perdido: recibí la confianza y la fuerza de voluntad para crear mi hogar interior.

SANADORA 

A los 10 años, mi primera experiencia con el Don

Con mi presencia, tocando o colocando mis manos conseguía aliviar o sanar diferentes malestares en las personas instintivamente. De forma natural comencé a ayudar a seres que abandonan su cuerpo al morir y no lo entendían, para encaminar su espíritu a planos mas elevados.

Y ya en la adolescencia permanecí durante un tiempo conviviendo con una tribu de la Gran Sabana, quienes me transmitieron rituales y conocimientos ancestrales.

Para sanar utilizaba todas aquellas herramientas que conocía y que necesitaba en cada momento, plantas, tierra, agua, flores…

Al  “ver” el campo magnético  en sus diferentes grados y frecuencias dentro de cada cosa que observo, puedo ayudar a restablecer desequilibrios energéticos en los órganos del cuerpo, en animales, plantas, minerales o elementos como el agua. A mis ojos todo tiene color y vibración en diferentes grados.

Curse estudios universitarios, estudiando Ingeniería Informática y empecé a trabajar de forma “desenfrenada” para silenciar mi voz interna,  pagar mis estudios y ayudar económicamente a mi familia.

He atravesado  diferentes enfermedades en mi cuerpo físico que me han llevado a estado de coma en 3 ocasiones, todo por intentar escaparme de mi. 

Mis experiencias son intensas y  podría escribir varios libros con ellas, pero lo importante aquí no es detallarlas si no puntualizar como todos estos años vividos con tanta intensidad han moldeado mi persona, regalándome la oportunidad de permitirme saber que solo soy una herramienta al servicio del amor incondicional.

SERVIR ESTÁ AL ALCANCE DE TODOS

“El sabor del servicio se vuelve tan intenso que quien sirve disfruta olvidándose de sí mismo, incluso del servicio que está realizando, y simplemente queda inmerso en el acto de experimentarlo

Esta compresión la tuve a los 17 años.

Dejar atrás todo lo que ya no necesitas  y crear tu futuro con lo que tienes no con lo que crees que te hace falta, depende de ti. Comprender que tú ya tienes todo lo que necesitas para comenzar a crear tu realidad, y que no precisas para ello grandes habilidades ni mayores oportunidades que con las que cuentas, sólo depende de ti. Si avanzamos decididos hacia lo que queremos el Universo responde, se alinea y lo que parecía un caos se ordena, de tal forma que al final una sucesión de pequeños logros nos lleva a crear nuestra realidad o por lo menos una gran parte de ella. 

para que nací

Una vez un señor me preguntó: “Elien, ¿por qué tienes que dar tú ese mensaje?”.

Recuerdo que me quedé pensativa, pues era una pregunta que nunca me formulé a mí misma. Es sencillamente algo que tengo claro desde muy corta edad porque comprendo la realidad como un todo y como una manifestación de los pensamientos; que todo tiene una consecuencia y que la vida es el resultado de unas acciones anteriores.

Las experiencias con el manejo de la energía desde pequeña y durante mi adolescencia, poder observar cómo cambian los colores de las personas según sus estados de ánimo, los recuerdos anteriores a mi nacimiento, la importancia de los principios del amor a uno mismo y hacia todo lo que nos rodea, el servicio, y el respeto por todo y por todos, son  las bases que me guían y acompañan para poder compartir ese mensaje. 

Desde mi juventud la gente se acercaba a mí para pedirme consejo. He de reconocer que en muchas ocasiones me resistía a hacerlo, en parte por mi corta edad, en parte porque siempre he sabido la responsabilidad que conlleva dar un consejo. 

Cuando definitivamente asumí mi misión en la Tierra, acepté igualmente mi  exposición hacia el mundo, de compartir el fuego de  mi corazón, de poner al servicio de los demás y entregar este mensaje.

Mi respuesta a la pregunta de aquel señor fue la siguiente: “Quiero dar ese mensaje porque he nacido para ello”. 

 

Las personas  pueden ser felices porque la felicidad se lleva dentro. Si cada persona tiene una vida feliz significa que ha alcanzado la comprensión y el respeto por todos los demás. Significa servir al otro como a ti mismo, poder verte reflejado en él,  y que cada uno pueda vivir desde su sabiduría interior. También significa que todos podemos crear juntos una sociedad armoniosa. Y, muy importante, significa ser libres, porque las personas libres son dueñas de sus vidas en el más amplio sentido y no hay felicidad posible, ni aún teniéndolo todo, si no se tiene libertad. 

Esa es mi gran meta, llevar un mensaje de amor al mayor número de personas posibles, quiero recordar que la sabiduría habita en el interior de cada persona, que todos nacemos con una estrella y que somos capaces de lograr nuestro equilibrio material y espiritual desde las experiencias en las que lo místico y lo espiritual caminan siempre de la mano de lo estrictamente humano, cotidiano y terrenal. 

No poseo ningún linaje de maestros ni guías porque tengo la certeza de que el Maestro habita en el interior y se manifiesta en todo lo que nos rodea. Tu sentir, ese poder inmenso del corazón capaz de cambiarlo todo, es lo que dará forma y camino al mensaje para que cada uno descubra la felicidad, dentro de sí.

despues de 30 añoS

Aprender a interpretar es conquistar la paz

Cuando nació Gabriela yo tenía apenas 24 años. A los 28 me divorcié y fue cuando decidí mudarme a España. Exactamente fue el 18 de diciembre de 2009 cuando aterricé en el aeropuerto de Barajas de Madrid. Guardo imágenes de aquel día en el que dejaba atrás una parte de mi vida para dar inicio a una nueva etapa en mi camino. 

Hacía frío, era pleno invierno. Estaba nerviosa porque nunca había viajado a Europa. Ese día traté de que fuera fácil para Gabriela, le conté historias de los viajes de las aves, le hablé de la nieve y de todo lo que nos íbamos a divertir, y le resté importancia a dejar atrás una vida entera, enseñándole a través de esta experiencia la importancia del desapego. Quería que estuviera tranquila, que supiera que independientemente del divorcio y el cambio de país, ella continuaría siendo feliz.

Y de repente me vi. No recuerdo bien si fue ese mismo día o en alguno cercano a aquel. De repente me vi en un país diferente, con un cielo también diferente, y costumbres totalmente distintas a las que yo conocía. Me vi como nunca antes me había visto: con ganas de servir y sin un lugar o personas a las que acudir. Sentía el fuego de la voluntad y la fe en mi corazón. 

Entonces recordé aquella primera mudanza que viví cuando apenas tenía nueve años, la que me enseñó la fuerza de la constancia, de la esperanza y de la voluntad. Y me vinieron a la memoria las imágenes de cómo entre mi madre, mis hermanos y yo misma, trabajando día a día con amor y con perseverancia logramos construir una casa donde habitar, un hogar lleno de gratitud, de amor y de respeto. 

Esas imágenes y mis nuevas vivencias en España me dieron un nuevo impulso y entonces pude experimentar cómo una vez más la vida me daba la oportunidad, ya no sólo de crear un hogar interior, sino también de poder transmitir cómo se crea ese espacio dentro de cada uno, de poder recordar a seres independientes y distintos a mí, con sus propios principios, metas y sueños, que también disponen de su propio hogar interior.

Me gusta escuchar a Gabriela y a Etuam y aprender de ellas. A veces las observo mientras juegan y recuerdo que todos tenemos un niño en nuestro interior al que cuidar y respetar, un niño que merece ser abrazado.

Cada vez que abrazo a alguien siento una emoción muy profunda. Se mezclan la felicidad de un reencuentro con la confianza de que encontrarás el estado de felicidad plena. En esos momentos también me doy cuenta de que cada paso que has dado en tu vida te guiará a vivir mejor, que sólo recordando la confianza en ti llegarán a tu existencia nuevas experiencias que te permitirán caminar en nuevos senderos. Para dar la oportunidad de que eso nuevo pueda suceder conviene soltar y fluir como lo hace el río que permite el discurrir de sus aguas, o la noche cuando decide abandonar la oscuridad para darle la bienvenida a un nuevo amanecer.

De mi faceta como madre de familia vengo a contarte que está basada en la sensibilización de los integrantes del núcleo familiar, aportando a través del ejemplo en el día a día una comprensión objetiva de los conceptos de base de nuestra convivencia familiar, que no son otros que el amor, el servicio, la gratitud y el autoconocimiento. Creo en ese núcleo familiar como base de la sociedad y de la espiritualidad, y en la familia espiritual como aquella que nace de compartir los mismos principios y valores según la manifestación de la consciencia y la aplicación de las leyes universales.

En casa somos místicos por naturaleza, y si bien no seguimos ninguna religión, creemos y practicamos la base filosófica de todas: el amor y el servicio.

Luis, mi sol y gran compañero, muchas vidas juntos, hemos vuelto a encontrarnos y juntos  hemos formado un hermoso hogar: un jardín, dos niñas y dos perritos (Lulú y Norte).  Comprendemos que la relación de la pareja es un templo que se construye mutuamente con bases como el amor, el servicio, la entrega y la devoción.

El Maestro está en ti y en todo lo que te rodea. Me lo enseña Gabriela, Etuam, Luis y el compartir del día a día en casa; me lo enseñas tú en cada mirada, cada gesto, cada palabra; me lo enseña cada encuentro, cada abrazo.

Los acontecimientos dependen de la perspectiva con la que son contemplados y elaborados. Cada hecho dispone, en sí mismo, de todos los colores imaginables. 

Vivir es aprender el arte de encontrar la mejor interpretación de lo que sucede. 

Aprender a interpretar es aprender a conquistar la paz.

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